La entidad denuncia que cierto relajamiento en los controles estatales deriva en un doble estándar sanitario entre aquellos destinados a la exportación y los que se venden en el mercado interno, sobre todo en puestos mal caracterizados como artesanales o caseros.
Tiene razón el presidente del Colegio de Veterinarios de Entre Ríos, Héctor Baigorria, cuando señala que a veces sólo se repara en lo inconveniente de ciertas prácticas instaladas (y toleradas) con relación a los alimentos cuando se produce un problema de salud más o menos grave, como ocurriera en agosto pasado en Pueblo Belgrano, departamento Gualeguaychú, donde una treintena de personas se intoxicaron por consumir carne de cerdo. El problema no es el producto ni los subproductos (chacinados y embutidos), sino la calidad de la materia prima.
“Debemos seguir lamentando la irresponsabilidad de personas que, por falta de escrúpulos o simplemente por ignorancia, realizan la crianza y faena de cerdos sin la correspondiente inspección veterinaria”, antes de aclarar que “no se trata de una defensa corporativa, sino de llamar la atención sobre la salud alimenticia de la población”.
Si bien las faenas clandestinas se suelen multiplicar para la época de invierno, Baigorria entiende que hoy mismo, con sólo recorrer los basurales o hacer inspecciones en unos cuantos puestos de venta callejeros, se podría controlar una forma de comercio que trabaja en red con cierta producción anómala, ajena a las normas mínimas de salubridad.
El entrevistado lo dice a su manera. “Esta es una situación absolutamente conocida por las autoridades sanitarias, aunque parece que nadie ve los basurales, nadie ve las faenas clandestinas, nadie ve la elaboración, nadie ve los productos terminados para su venta”, salvo “en algunas ocasiones, cuando aparecen los enfermos y algunos titulares con un tono dramático en los medios de comunicación, pero ya es tarde”.
Lo más llamativo es que, muchas veces, los consumidores de los productos con carne porcina “son miembros de la misma familia de quien los elabora”.
Para la fuente consultada, “debemos terminar ya con el mito de los productos caseros, como si encerraran en sí mismo la quintaesencia del sabor natural”. Lo que Baigorria distingue es que “un producto artesanal no tiene por qué ser clandestino”. Y ensaya una explicación. “Si el producto es industrial, seguramente está registrado y sometido a una serie de controles bromatológicos que lo tornan aconsejable para ser consumido; la única diferencia con lo artesanal debe ser la capacidad de producción del establecimiento, pero el producto artesanal debe estar etiquetado y con un responsable claramente identificado; no hay que confundir lo artesanal o casero con la crianza y faena clandestina, alejada de las mínimas condiciones higiénico-sanitarias”.
TRANSMISIBLE. El parásito que provoca la triquinelosis o triquinosis se denomina Trichinella spiralis. En la carne de cerdo utilizada para elaborar subproductos, se puede detectar fácilmente durante la faena en aquellos establecimientos que cuentan con la habilitación oficial (nacional, provincial o municipal) y que están bajo el control higiénico-sanitario de un profesional veterinario.
En ese sentido, es también muy importante que los cerdos que se van a faenar en frigoríficos autorizados, provengan de establecimientos de cría que se encuentren correctamente habilitados y en total cumplimiento de las normativas legales vigentes en cuanto a sanidad animal. Pero en este caso los controles suelen ser efectivos, sencillamente porque están incorporados a las rutinas de producción habituales.
“Por eso destacamos que los productos elaborados por fuera de estas condiciones y que son mal llamados ‘artesanales’ (en realidad deberían llamarse clandestinos), no llevan rótulo alguno que identifique su origen”, señala Baigorria, antes de acotar que “al no estar identificados como corresponde, este tipo de productos (al igual que otros alimentos elaborados bajo las mismas condiciones) podrían decomisarse fácilmente”.
Los consumidores tienen su parte en el asunto, tanto que con controlar el etiquetado de los productos tendrían en claro las procedencia de los chacinados y embutidos que adquieren. Ante una consulta al respecto, el reporteado comentó que “de la lectura del rótulo obligatorio que deben llevar estos productos, el consumidor tiene acceso a información como la identificación del establecimiento de origen del producto; su número de habilitación; el número de lote del producto; fechas de elaboración y vencimiento del mismo; el listado de ingredientes e información nutricional, que hacen que el consumidor pueda notificarse de los detalles del producto que está por ingerir”.
Sostuvo Baigorria que “lo ideal (y no sólo en lo referido a la carne de cerdo) sería que desparezca el doble estándar, por el que existe un nivel de exigencia para los productos de exportación y otro mucho más laxo o directamente nulo para los productos destinados al mercado interno, que es de donde se proveen los ciudadanos”.
En otro momento, el veterinario expuso que “es obvio que aquellos inescrupulosos que elaboran productos clandestinos, no sólo ponen en peligro la salud del consumidor con toda la importancia que esto implica, sino que también perjudican la cadena agroalimentaria comercial porcina”. Allí volvió a subrayar la importancia del “único estándar sanitario”, para que “todo lo que se elabore, se supedite a los mismos controles higiénico-sanitarios que garanticen la calidad de los alimentos”.
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